Los hijos son espejos donde mirarnos

mama y niña africanaLograr que la Mente entre en quietud quizás sea lo más difícil de conseguir para cualquier humano de los países llamados desarrollados.  Y la razón es que por nuestro estilo de vida donde hay estimulación  mental  constante   se nos hace imposible aquietar la mente sencillamente porque no se nos ha enseñado a disfrutar del  silencio y  la quietud mental… pero eso sí, al niño le decimos que se esté quieto y callado.

Hemos arrastrado a los hijos desde que nacen a una forma de vida totalmente estresada y con un ritmo frenético. Y ahora estamos padeciendo el resultado de ello .  Lo que padecen los padres lo sufren los hijos; ellos tampoco saben qué hacer  con tanto pensamiento y ruido invadiendo su cerebro:  ansiedad, insomnio, cansancio físico y mental, falta de concentración y todos los problemas relacionados con una mente hiperactiva, desubicada, confusa, dispersa… a la que no se la enseña a descansar y a pensar.

Niños de cuatro y cinco años con problemas graves de comportamiento violento, antisocial, hiperactivo, pesadillas nocturnas…  Un caso como éste me presentó un matrimonio joven hace unos días;   su hijo de cinco años con el que habían agotado todas las esperanzas, habiendo ido a distintos  médicos y hasta un  curandero, según me contó la madre con lágrimas en los ojos. Me confesó que el matrimonio se estaba yendo al traste por culpa del niño. El marido con depresión crónica y ella con los nervios totalmente rotos. Achacaban todas sus desgracias al comportamiento del niño que dicen ya nació llorando sin parar y muy nervioso.

La medicina oficial receta al niño tranquilizantes y jarabe para dormir… como única solución que conocen. Parches para síntomas que tienen una raíz mucho más profunda. Observaba a esa madre tremendamente desesperada. Luchando entre su rabia por el niño que no se comporta como ella quisiera y le está destrozando la vida y el matrimonio y su sentimiento de culpa como madre porque no sabe cómo hacerle  feliz. Le pega y le abraza. Le grita, lo atemoriza, le amenaza pero después con lágrimas en los ojos le dice te quiero… y mientras el padre, ajeno, sigue agarrado a su depresión callada o explota envuelto en ira cuando la situación le desborda.

Le dije a la madre lo que siempre digo; el tratamiento lo necesitaba primeramente ella misma. La madre insistió que ella sería feliz si el niño fuese normal y que todo se arreglaría si el niño se comportase bien… No, le dije, es al revés: si la madre y el padre ocupan su sitio, el niño ocupará el suyo por sí solo. Con mucho tacto le dije a la madre que los hijos son espejos donde mirarnos. Ella no quería que el niño fuese violento porque su agresividad ya le afecta a ella misma que no puede  llevarlo a ningún sitio porque pega a los demás niños. Tú misma eres agresiva con el niño, tú le pegas… él está haciendo lo mismo, tú eres su referencia de comportamiento. Cuando como persona recuperes tu equilibrio emocional y  fortaleza mental, tú hijo se alimentará de esa estabilidad que necesita sobre todas las cosas. Si tú estás bien el niño estará bien, no al revés. Es vuestra  responsabilidad hacer ese esfuerzo en vosotros mismos como padres y educadores.

Los niños de hoy en día, de los que tanto padres como educadores se quejan de que padecen falta de concentración, que son apáticos, abúlicos o hiperactivos, que son egoístas y caprichosos, etc. no nos olvidemos de que ellos son nuestra mejor referencia donde observarnos a nosotros mismos.

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