Creciendo en la prisa y muriendo en la tardanza

Hemos reducido a normas, creencias  y conceptos nuestra vida. Y todo ello enmarcado por  sentimientos de codicia, egoísmo, obligación, culpa,  miedos…  Si a esto -que llamamos nuestra vida- le añadimos la prisa que nos mantiene robotizados y esclavizados, el resultado es lo que todos sabemos y padecemos: infelicidad, insatisfacción con nosotros mismos.

Las nuevas generaciones crecen y como pueden se adaptan a la prisa de los padres y la sociedad. La comida rápida se ha tenido que idear para facilitar la marcha y el ritmo de todos. Y la aceptamos aún sabiendo lo poco que nos aporta; sólo llena los estómagos.  Y así todo; cubriendo de forma superficial y rápida las carencias. La deshumanización nos lleva cuesta abajo a toda prisa, a unos por el ciego desarrollo materialista y a  otros por la pobreza cruel que ciega y embrutece.

Pero estas exigencias que nos demanda este estilo de vida tan estresante, en el afán de tener más comodidades y abarcar más posesiones tiene un precio muy alto. Estamos padeciendo en alto grado, niños, adultos y ancianos,  todas esas enfermedades silenciosas del alma; soledad, tristeza, incomprensión, vacío, angustia, ansiedad, miedos, abandono… falta de amor

Recapitulación. Es tiempo de recuperar y atender nuestro espíritu, haciendo un camino evolutivo positivo. Desde la toma de Conciencia. Viviendo el Presente. Prestando atención y valorando al ser que somos, a la familia, a la Naturaleza, etc.

Siempre posponemos los cambios diciendo que es muy difícil cambiar. Pero ha llegado la hora  en que debemos sintonizarnos con el ritmo acompasado de las energías cósmicas para que nos lleven a la quietud y a la paz interior.

Lo que crece despacio y con amor se hace fuerte y bello. La ancianidad debería ser signo de sabiduría y serenidad.

 

La vida no es una competición

Si dentro de nuestro deseo de crecer espiritualmente comenzamos a perseguir resultados, ya nos estamos desviando del objetivo.

Si dentro de nuestros buenos propósitos de avanzar y ser mejores comenzamos a medirnos con los demás y a calcular -inconscientemente- cuánto nos falta para iluminarnos, ya nos estamos desviando del verdadero camino.

Y digo desviando, porque vamos a conseguir más de lo mismo aunque ahora lo pintemos de rosa; ansiedad, frustración, decepción…

La vida no es una competición; quién es más bueno, más creyente, más … quién más… Nos medimos por la cantidad. ¿Cuánto tienes tú? ¡yo más!…. Nos comparamos y nuestro ideal es siempre aquel otro que aparenta tener más de algo….

¡Qué difícil es dominar la mente y ponerla al servicio del corazón! Cuántos beatos se habrán ido al mismísimo infierno en su afán de ganarse el cielo en una carrera competitiva despiadada.

Hay que moderar los excesos y no perder de vista que el viaje es hacia la unión desde la compasión. Todo y todos estamos entrelazados formando un uno con El Que Da Forma.