El daño de mentir

arrugas con flores.jpgEstaba con una amiga muy querida y de muchos años, en una situación que requería la solventásemos de inmediato. Ella propone digamos una mentira y yo con toda naturalidad le contesto que yo hace mucho tiempo que no digo mentiras… y ella se echó a reír como si yo hubiese dicho algo gracioso. Hay otras salidas más valientes.

A todo el mundo por lo visto le parece normal mentir pero les molesta e indigna que a ellos les mientan. Al consultorio vino una mujer con su hijo de 15 años quejándose a los gritos de que su hijo le mentía compulsivamente, que no podía confiar en él en absoluto, que qué podía hacer.

El caso es que ella, en una visita previa que habíamos mantenido las dos, me había contado que a veces mentía al muchacho para asustarlo y así conseguir le obedeciese. Pero no, las personas que tienen pobre escucha, no les puedes hacer ver las verdades.

Yo me di cuenta del daño que se hace uno mismo al mentir, aunque la mentira fuese “piadosa” o “blanca”… Cada mentira es una mancha negra y pegajosa en el corazón. Inclusive las mentiras que uno se dice a sí mismo, por supuesto. Las mentiras densifican nuestra mente. Nos esclavizan y nos roban energía.

Yo os animo a hacer la prueba de estar una semana sin decir una mentira. Observaros. Ni tan siquiera cuando os llaman por teléfono para venderos algo; decid la verdad, sin perder la amabilidad. “No estoy interesada, gracias” -y cuelgas- porque son insistentes.

Os sorprenderéis.

La valentía de rectificar

hombres uno con luzAceptar que no somos héroes infalibles nos quita un peso de encima. No tener que disimular ni fingir que lo sabemos todo, nos hace ahorrar energía. No tener que guardar una imagen de seres perfectos y bondadosos que viven en un mundo magnífico de felicidad, nos hace destensar y relajarnos física y mentalmente.

Hemos oído muchas veces decir que rectificar es de sabios. Pero, si no aprendemos la lección al cometer un error y repetimos una y otra vez el mismo fallo, -no queriendo reconocerlo- la situación se hace preocupante.

Corregir lo dicho, rehacer lo hecho, enderezar el rumbo, siempre nos va a hacer mejores. Vivir la vida desde ese sentimiento, sin cargas de culpa, nos hace libres.

Tener la capacidad de perdonarnos y perdonar a los demás, entendiendo y aceptando que nada ni nadie en esta vida es perfecto; nos hace libres.

Y ante un error, tomar conciencia y preguntarnos “¿qué enseñanza hay aquí para mí?, ¿Qué puedo aprender de esta situación?”. Y rectificar. Ese acto es el que nos hará crecer y sentirnos bien con nosotros mismos.

Nuestro Ego es el que se debate y resiste para que no salga a la luz que se ha equivocado. No quiere reconocer sus fallos ni debilidades -cuestión de amor propio desmedido-.

No pasa nada. Al contrario, nos sentiremos liberados en ese reconocimiento o confesión “me he equivocado” … “no lo he sabido hacer” … “perdón” … “lo hice sin pensar, no volverá a suceder” …

No pasa nada. Al contrario, reconocer que nos hemos equivocado, es liberador. Es un acto de valentía y de humildad a la vez.

Seamos valientes para reconocer nuestros errores. No pasa nada. La vida sigue, no nos castiguemos,  no perdamos el paso.