
Los estados ilusorios nos crean desengaño y sufrimiento.
Desde la ilusión vives acotado en tus creencias, las reafirmas y las consideras como verdades absolutas. Se corre ese peligro.
Debiéramos cuestionarnos nuestras verdades para que nos acerquen a la Realidad. Al menos debiéramos flexibilizarlas y así entender y aceptar de que no existe nada absoluto aquí en este planeta.
Los dramas y traumas de nuestra vida, los magnificamos y mantenemos vivos por años desde una posición rígida o les quitamos todo el peso emocional, los relativizamos, los dejamos atrás y nos centramos en el presente.
¿Qué nos desilusiona? Aquello en lo que pusimos expectativas. Todo lo que imaginamos sería a nuestro gusto y como nosotros esperábamos que fuese. Luego viene el desengaño y le echamos la culpa al otro.
Porque no contábamos con que la otra persona es diferente y piensa distinto… y cada una interpretó la relación de forma diferente… desde sus necesidades y deseos particulares …
Entonces aparecen las decepciones y las desilusiones. Y creemos que el otro es el causante de nuestro dolor. Lo consideramos un engaño. Un desencanto para nuestro corazón herido.
Reflexionemos. No pensemos solo en nosotros. El otro también existe y si queremos relacionarnos con los demás, debemos ceder, adaptarnos, ser más flexibles.
Somos seres completos y desde ese estado no se necesita del otro para que nos complete… no existe la desilusión porque no esperamos nada de los demás.


La estafa emocional existe. El fraude emocional existe. Son delitos. Sólo el que no se ama a sí mismo cae en las trampas del que actúa por mala fe; para su propia conveniencia.