Los occidentales vamos a la India en busca de la espiritualidad, para que se nos diga qué es la felicidad y cómo encontrarla.
Yo acabo de volver de la India y ahora toca asimilar las experiencias intensas… reestructurar la mente… y volver a la normalidad, en la medida que me sea posible.
India tiene muchos niveles de existencia; su cáscara es el gris de la miseria en la lucha por sobrevivir. El sonido es el del tráfico caótico y ensordecedor. El olor es a podredumbre. Los colores fuertes contrastando con el marrón del barro de las calles y de los edificios nunca encalados.
Pareciera que estas son las trabas normales que hacen de criba para el buscador espiritual. He querido traspasar todos esos planos densos; conectar con el alma y la energía de la India profunda, donde dejada la periferia del caos y la miseria, existe en su centro, la paz y la serenidad del espíritu…
He estado en la India espiritual de la mano de un maestro inmenso en humildad, generosidad y bondad. Nos ha puesto en contacto con las energías puras de varios santos. Nos ha ayudado a que abriesemos nuestros corazones y vibrásemos percibiendo la energía de la Compasión y el Amor Puro. Hallanó el camino para que llegásemos hasta nuestro Ser y pudiésemos abrazarlo.
Sentada en los templos he llorado como cuando una mujer «rompe aguas» al dar a luz. Porque las lágrimas salían solas de forma tan placentera e incontrolable como cuando una mujer rompe aguas y sus muslos se mojan de esa agua tibia que le calma el dolor y la relaja… Sin estar envuelta en ningún tipo de emoción que me llevase a llorar, sencillamente sentía los chorros de agua cálida bajando por mis mejillas y me producía placer -estando fuera de la mente- vacía de emoción, contemplaba «esa que llora que soy yo»…
… el encuentro con uno mismo… es dar a Luz al Ser que uno es… y no hay palabras que describan esa emoción.
Doy gracias por tanta dicha, por tanto gozo al que mi maestro me ha llevado pacientemente.
